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El chal de Cachemira, historia de un accesorio de moda

por | Abr 3, 2014 | Complementos de moda |

Siglo XVIII.  Las dos grandes potencias europeas, Francia e Inglaterra, pugnan por las exclusivas comerciales tanto en América como en Asia. La Compañía Inglesa de las Indias se establece en India y se asegura el acceso a ciertas materias primas muy valoradas, piedras preciosas, te, especial, tabaco, algodón, etc., para abastecer sus fábricas y satisfacer la demanda interna y externa.

Comerciantes, políticos, militares y viajeros empiezan a conocer de primera mano la magia de Oriente y lo que estas tierras tienen que ofrecer.  En los equipajes de los occidentales que regresan a la vieja Europa llegan los primeros chales de Cachemira. La Francia que perdió contacto comercial directo con India en favor de Inglaterra conoce estos maravillosos echarpes de seda o de lana a través de sus campañas en Egipto.

El sjal de Cachemira, de donde derivan las palabras chal, schall, shal, shawl o châle, era una pieza de tela de grandes dimensiones utilizada en un principio por los hombres para cubrirse por completo, incluso la cabeza.

paisley chal

Se trata de una prenda tradicional del atuendo persa e indostaní que podría ser heredera del chal babilonio, del que tenemos conocimiento desde la antigüedad gracias a su aparición en algunas obras de arte.  Su técnica de confección parece haber sido importada por los hindúes del Turquistan, una tierra de buenos tejedores, allá por el siglo XV.

En la provincia de Cachemira, en la época de la conquista de India, los tejedores fabricaban chales, echarpes y estolas de gran belleza. Eran muy resistentes al tiempo que ligeros y suaves. Ya desde sus inicios fueron considerados accesorios de lujo no al alcance de cualquiera.

chal cachemira decorado

Los principales temas ornamentales utilizados en el bordado de estos chales provenían de los clásicos motivos florales persas, aunque fueron enriqueciéndose a lo largo del tiempo con otros motivos orientales, de forma que cuando llegan a ser conocidos por los europeos del siglo XVIII, se encuentran con gran variedad de ramos de flores emergentes de jarrones,  en forma de palmas, etc.

Marie-Françoise Rivière. 1806

Adoptados por las mujeres europeas de finales del XVIII, los echarpes de cachemira encuentran terreno abonado para su éxito en la evolución de la moda.  Las prendas de vestir femeninas van abandonando los recargados y pesados trajes del pasado y tienden a hacerse más cómodas y ligeras. La misma Maria Antonieta,  a quien hay que reconocerle su valor como icono de la moda de su época, había puesto ya de moda un vestido ligero de lino que se conocía por “chemise à la Reine”.

chemise a la reine

El neoclasicismo estético no se plasmó únicamente en el arte. Esta corriente alcanzó también a la moda; empezaron a llevarse modelos inspirados en la antigüedad griega y romana, tanto en estilo como en telas. Atrás quedaron los brocados, terciopelos, volantes de encaje y cuerpos con ballenas para dar paso a muselinas y gasas ligeras más pegados al cuerpo. Es entonces cuando chales y estolas entran en juego, siendo las mujeres inglesas las primeras en utilizarlos para abrigarse y las que marcaron la tendencia.

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Los chales y echarpes de Cachemira, tratados en principio como recuerdo de los viajes a India, hacían un magnífico papel sobre los hombros. Su forma rectangular permitía envolverse en ellos de diferentes formas y utilizarlos como un elemento más de seducción.

Lady Hamilton y Josefina fueron fans de estos complementos de moda. Se dice que Josefina ¡poseía más de sesenta chales!

Retrato de la Emperatriz Josefina, 1808

Tras ellas, todas las mujeres de la época se rindieron a los mismos. Así como en siglos anteriores, las damas aparecían retratadas con sus vestidos llenos de encajes, en estos momentos aparecen con sus orientalizantes estolas, siendo una prenda que se adaptó a la indumentaria tradicional posterior a la restauración francesa.

chal cachemira rojo

Fabricación de echarpes de Cachemira

Del chal de cachemira los europeos admiraban tanto su materia prima como su técnica y  su diseño.

La materia prima son hilos elaborados de una fibra natural extraída del pelo de una cabra salvaje local, capra hircus, un animal que habitaba en las montañas del Himalaya. Dicha materia prima, de una gran calidad por su suavidad y ligereza, por tanto, era importada  de Tibet y Asia Central. Podéis ampliar información sobre este tipo de lana en este artículo.

Los mejores chales de cachemira se realizaban con la técnica del espolinado consistente en tramas suplementarias discontinuas; se trata de una técnica muy refinada cercana a la de la tapicería y en algunos aspectos al encaje de bolillos. Para su hilado se necesitaba un telar manual horizontal igual que para las tapicería “basse-lice” de Bruselas. Los hilos de la trama, que servían para la ejecución de los motivos decorativos eran enrollados en una especie de bolillos conocidos en Francia como “espolins”, palabra que viene del inglés spool, término que designa un tipo de bobina. Esta técnica permitía reproducir multitud de motivos complejos y de gran colorido. Cada motivo tenía sus propias bobinas. La técnica era tan compleja que los hindúes solían tejer los motivos por separado y unirlos en un segundo momento, al igual que se hacía con el encaje de Bruselas. La fabricación de un chal con esta técnica requería de la intervención de varios artesanos y podía durar años.

Como podéis imaginar con la materia prima escasa y un proceso de producción tan largo y costoso, a duras penas se podía satisfacer la demanda. A esta circunstancia se añadía la dificultad de las importaciones por barco en momentos de guerra entre Francia e Inglaterra, con los puertos bloqueados. De forma que los chales originales apenas llegaban a Europa.

Los industriales y diseñadores de la época se pusieron manos a la obra favorecidos por la industrialización y los inventos de maquinaria para la industria textil. A finales del siglo XVIII, eran varios en Europa los centros de producción de chales de imitación a los de Cachemira.

Para solventar el problema de la materia prima, se intentó aclimatar a la cabra del Himalaya a Europa con poco éxito. En 1818, a iniciativa de un industrial francés, Guillaume Ternaux, se consiguió criar un rebaño de cabras del Himalaya cruzadas con otras especies, en especial la cabra de angora rusa. La necesidad hizo que se adoptaran otras soluciones, como la mezcla de una trama de lana mezclada con algodón y otra de seda.

Cabra de Cachemira

En plena industrialización, la fabricación de estos apreciados chales vive otras muchas tentativas, algunas de las cuales acaban en nuevos inventos o en nuevas aplicaciones de otros nuevos, copiados aquí y allá.

Las primeras manufacturas europeas abrirán sus puertas a principios del siglo XIX en Francia e Inglaterrra. El espolinado es una técnica  lenta y de un alto coste, de forma que se empiezan a hacer chales de imitación de cachemira “a la europea”. Norwich, uno de los principales centros de producción, se especializa en tejidos bordados “après coup”, una técnica que también se utilizaba en India. Otros intentos, en Edimburgo y Paisley, consistían en la aplicación de una técnica llamada de “brochado”. A pesar de todos los esfuerzos, el resultado final no lograba engañar a los expertos dado que cualquiera de estos métodos no consiguió nunca variar suficientemente el empleo de colores.

La adopción del telar de lanzadera, en lugar del brochado permitió enriquecer la paleta de colores y realizar diseños más ambiciosos, que no sólo se reproducían en los bordes del chal sino por toda la pieza. La fabricación a lanzadera incorporaba mucho peso al echarpe y le hacía perder parte de su encanto. Los resultados son mejorados con el método de cortar los hilos de la trama que quedan libres en el revés de la prenda una vez acabada, lo que presentaba cierta dificultad de realización.  Los chales hilados a lanzadera cortada “lance decoupé” se reconocen en el revés pues los motivos tienen el aspecto de hilos cortados apreciable al tacto. El revés de un chal espolinado por el contrario se caracteriza por los empalmes que rodean los motivos.

Paris, Reims y Lyon en Francia y Norwich y Edimburgo en Inglaterra se especializan en la producción de este tipo de estolas espolinadas refinadas y de gran calidad. En París se producían los cachemira puros, mientras que Lyon los producía de varias calidades. Otros centros de producción como el de Nimes o Paisley se especializaron en productos de calidad inferior.

La invención que facilitará la producción de estos chales es la del Jacquard en 1805. Este sistema automatiza el uso de las bobinas mediante una tarjeta perforada.  El Jacquard fue adoptado en Inglaterra a partir de 1830.

Telar Jacquard

Como curiosidad cabe decir que el nombre de la ciudad escocesa de Paisley da nombre al típico motivo de cachemira en inglés. Su producción era igual en aspecto a los originales de cachemira pero al tacto eran menos suaves y tenían menor caída, aunque también su precio era muy inferior al original. Entre las innovaciones incorporadas en la industria de Paisley, destaca el chal reversible con sus dos lados igualmente bellos  aunque también era más pesado.

Ginebra y Elberfeld se dedicaron también a la fabricación de estos accesorios, a la que se unieron varias ciudades belgas más adelante. Hacia 1860, el sistema Jacquard está muy extendido y la fabricación mecánica de telas se impone sobre la labor artesanal. El resultado es un abaratamiento del precio del producto, que se convierte en un complemento de moda de uso común al alcance de todas. Como consecuencia, las mujeres de clase alta, su público inicial, pierden interés por esta prenda.

Hasta mediados de siglo XIX puede decirse que la producción europea de chales es igual a la procedente de India pero a partir de esos momentos, los fabricantes indios aceleran su fabricación en detrimento de su calidad para competir en precio a los producidos en Europa.  A finales del XIX la producción europea empieza a decaer.

Distinguir el origen de una estola de cachemira auténtica de una imitación no es fácil salvo en aquéllas piezas que van firmadas o con etiquetas de procedencia.

Con la llegada de la técnica de impresión de telas que empieza a mejorar a principios del siglo XX, los productores se lanzan a la imitación del original de cachemira con gran fidelidad al modelo original. Ya en el siglo XX, el chal se convierte una prenda popular de la que una mujer no se podía prescindir –junto con el sombrero- para salir a la calle.

Diseños de los echarpes de Cachemira

Debido a la influencia europea, los motivos de palmas de origen mogol van a experimentar una transformación y un enriquecimiento relevantes. El color de base del chal cambia a lo largo del tiempo. En su origen eran principalmente crudos, azafrán, a veces azul, después aparecen los rojos anaranjados y negros y otros.

En su origen, sólo se ornamentaban los bordes, pero al tiempo que las técnicas de fabricación se perfeccionan, la decoración invade toda la prenda. Aparecen motivos de rosas, palmetas, flores y pájaros. Se ven también paisajes oníricos con personajes, animales, templos, etc.

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Las novedades en cuanto al diseño pronto llegaron también a los bordes. El chal arlequinado, por ejemplo, se centra en cuadrados de palmetas, cada uno de un color y un fondo diferente aunque con el tiempo, los diseños originales sufren transformaciones.

El estilo hindú no fue la única fuente de inspiración para la decoración de los chales. Los diseñadores del primer imperio crearon también decoraciones florales de inspiración europea aunque fueron la excepción, dado que la demanda se concentró en los estilos tradicionales de Cachemira.  Por otro lado, a mediado de siglo, los chales menos refinados para el día podían tener decoración de rayas, solas o combinadas con flores o cuadros.

El chal y su influencia en la moda

Durante los 60 años de apogeo que el chal conoció en el siglo XIX, este accesorio de moda tan femenino se adapta con gran facilidad a la evolución del vestir femenino. Largo y rectangular, se utilizaba para envolver largos vestidos de talle imperio en los últimos años del siglo XVIII y primeros decenios del XIX. La simplicidad de sus diseños en base a palmas de cachemira en los bordes complementaban muy bien en ligereza y colorido a los vestidos de la época.

Hacia 1820, la vuelta a las formas más tradicionales, falda amplia, talle a la cintura, etc.  no se acomoda tan bien al chal rectangular y es sustituido por el gran chal cuadrado, que se llevaba doblado en forma de triángulo sobre vestidos de aire más romántico.

Es en esos momentos cuando la decoración del chal cobra más importancia al tiempo que su uso se extiende a la burguesía conforme su precio se hace más asequible. Siguen triunfando las palmetas de cachemira, que se ven por doquier en todo tipo de prendas tales como camisones o chalecos. El arte y la literatura del siglo XIX está repleta de referencias a estos complementos. La presencia de un buen corte de chal de cachemira en los ajuares de boda era obligatoria.

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La evolución de la forma de la crinolina o miriñaque, que pasa de redonda a afinarse y adquirir una forma de cono, hasta su desaparición allá por 1860, tiene su influencia en la forma de los chales, que presentan varias modalidades. El chal rectangular permite disponer asimétricamente de dos puntos. El gran chal “burnous” (capa con capucha similar a la que llevaban los moriscos españoles)  se lleva en forma de capa con una esquina plegada en forma de capucha.

Desde 1870, la “tournure” (especie de enaguas rígidas) destrona a la crinolina. La amplitud de la falda se recogía en forma de cojín a la espalda, debajo de la cintura. Llevar un chal sobre un vestido de estas características no era lo más favorecedor.  Por esta razón, hacen su aparición los manteletes y las pequeñas capas a la altura de la cintura, que poco a poco sustituyen al chal.

El cachemir en Bruselas y Bélgica

El chal de cachemira llega a Bélgica al tiempo que al resto de países europeos como lo atestiguan los cuadros de la época Neoclásica que reflejan escenas de la vida cotidiana y figuras con la vestimenta del momento. Estos accesorios eran vendidos en los establecimientos de lujo más prestigiosos del país, sin las mujeres de clase alta tuvieran que adquirirlos en París o Londres.

Más tarde las clases populares adoptan el chal y otros complementos parecidos tales como toquillas, capas o pañoletas con decoración impresa.  La costumbre de cubrirse cabeza y espalda con un chal de cachemira se mantuvo en las mujeres campesinas hasta el 1930. El chal brabancon subsiste hasta los años 20, en lana negra para el invierno y en seda color crema con motivos florares para el verano.

Las manufacturas belgas de echarpes no igualaron ni en reputación ni en importancia a las francesas e inglesas. La producción de chales se vinculó a la industria textil del tejido de lana y a las industrias de inspiración hindú. Esta asociación es clara al menos a partir de 1820, en que aparecen en Bélgica las manufacturas de casimir, una tela cruzada muy ligera hecha con hilo de cabra de cachemira del que deriva su nombre, y que fue muy utilizada en todo el siglo XIX.

Gand y Saint-Nicolas Waas fabricarán echarpes. Verviers, una ciudad de industria lanera, se especializa en la producción de tela casimir. Es de destacar que algunas de las fábricas de tela casimir se lanzaran a la fabricación de echarpes. Tal fue el caso de Dinant, actividad que fue impulsada por industriales de origen inglés.

Los chales de cachemira se fabrican en Bélgica desde 1820. Verhulst, instalado en la rue du Chêne desde 1835, fabricaba y vendía no solamente el casimir, sino chales y foulards de India. A mediados de siglo, Bruselas contaba con al menos dos fábricas de chales. Kauwerts, en la rue Saint-Géry y Coument, instalada en Chaussée de Mons, que abrió una tienda en el centro de la ciudad, son los más renombrados. Otros artesanos se especializan en la reparación y reensamblaje de los chales.

La firma Simonis Yvan, instalada en rue des Dominicains de Verviers, dirigía toda su producción a Bruselas. La moda de los chales se extiende y en 1860, se contaban cinco fabricas, de las cuales De Pachetere, establecido en la place Sainte-Gudule, anunciaba “cachemires des Indes”

Otra tela muy popular en Bélgica son los “indiennes”, telas de algodón impreso con motivos originales de India. Las manufacturas de estos tejidos fueron numerosas en Bruselas (se cuentan hasta siete fábricas en la ciudad a mediados del siglo).

Sin embargo hay que decir que las importaciones dominaban el mercado. Para las prendas de más calidad, los ingleses y franceses se llevaban la palma. Elberfeld alimentaba el mercado belga. También se importaban de Nîmes para la clientela modesta y algunas tiendas los importaban directamente de las Indias.  La Compagnie des Indes, una boutique de lujo, que se situaba en la plaza real, exactamente en el emplazamiento actual del Museo de Arte Antiguo, abrió sus puertas para vender chales de cachemira, aunque después también se especializó en encajes. En 1835 Bruselas contaba con al menos 10 establecimientos que vendían chales importados de diferentes lugares.  Todos ellos se situaban en la zona de las tiendas elegantes de la ciudad. Los chales se vendían, por supuesto, también en los establecimientos de encaje, que eran en aquellos momentos entre 57 y 65.

A partir de los años 30, la moda femenina vuelve a cambiar y el estilo de las nuevas prendas no necesita de chales, por lo que de nuevo este complemento se hace cada vez más raro.

De la moda del chal de cachemira –que duró casi cien años antes de apagarse- la producción textil europea se quedó con el motivo de palmeta de cachemira (paisley en Inglés).

El chal en realidad no ha dejado de usarse nunca. Son sus materias primas y decoración las que han ido cambiando con el tiempo. Los confeccionados a mano, ya sean bordados o de encaje hace mucho tiempo ya que son raros, dado lo costoso de su elaboración y la lenta desaparición de manos artesanas expertas.

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By Ely Dupont

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